CAPÍTULO 7

La perspectiva de los agresores

Martín Hernán Di Marco

La palabra es irreversible, esa es su fatalidad.
Barthes, 1994, 99.

Introducción

Acerca de las narrativas y sus transformaciones

¿Cómo se relacionaron las medidas de aislamiento social y los patrones de violencia de género? ¿Existieron transformaciones en la violencia hacia las mujeres durante este período de confinamiento? ¿Cómo se expresaron estos cambios? Las medidas aplicadas durante la primera ola de COVID-19 en 2020 –Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio (ASPO)– implicaron cambios en la dinámica social, en la movilidad de la población y en las formas de cohabitación y arreglos domésticos, entre otros aspectos. La pandemia y los diferentes procesos con los que estuvo vinculada generaron cambios tanto coyunturales, como estructurales. En este contexto, la violencia de género no estuvo exenta de verse modificada por las transformaciones que atravesó la sociedad.

En Argentina, durante la cuarentena por COVID-19 se reportó un aumento del 39% en las denuncias por violencia de género (Noticias ONU 2020). Esta tendencia al alza acompaña un patrón general de lo que se ha llamado la “pandemia en la sombra” (Wake y Kandula, 2022): un aumento en el ejercicio de la violencia por motivos de género a raíz de las limitaciones a la movilidad y los cambios en las prácticas y dinámicas sociales (i.e., pérdida de accesos institucionales, trabajo remoto y pérdida de espacios laborales, etc.) (Dlamini, 2020; Mittal y Singh, 2020). Si bien se han discutido las limitaciones de comparar estadísticas de denuncias entre el período de aislamiento-pandemia con otros momentos (Lorente Acosta, 2020), la regularidad en el registro de aumento de denuncias a nivel nacional e internacional puede tomarse como indicador de un cambio en las prácticas sociales, ya sea la violencia o las denuncias en sí mismas. En el caso del Conurbano Bonaerense, a esto se le suman otros indicadores generales que señalan un aumento en situaciones de violencia (Kessler, 2020), así como a los cambios en las estrategias de sobrevivencia que despliegan mujeres durante las APSO.1

La violencia de género es un tema central en el panorama contemporáneo de las ciencias sociales y humanas (Dobash y Dobash, 2017). Estas investigaciones se han focalizado en torno a los patrones y factores de riesgo (Stöckl et al., 2013), femicidio/feminicidio (Dobash y Dobash, 2017) y, en menor medida, estrategias de intervención y abordaje de los varones (Flood, 2019; Jewkes, Flood, y Lang, 2015). Sin embargo, las perspectivas de los varones que ejercieron alguna forma de violencia basada en el género han sido poco exploradas, como plantea Segato (2003). Esto se debe tanto a las dificultades de acceso institucional con la población (Hearn, 1998), la negación a ser entrevistados (Copes, Hochstetler, y Brown, 2012), así como la propia reticencia de los/las investigadores/as a entrevistarlos (Brookman, 2015).

A su vez, esto se conjuga con el hecho de que la investigación sobre violencia de género se ha desarrollado tradicionalmente desde un enfoque cuantitativo y con una tendencia a utilizar categorías etic (Di Marco y Evans, 2020; UNODC, 2018). Como consecuencia, las perspectivas, narrativas y sentidos puestos en juego por quienes ejercen violencia han sido ejes de indagación comparativamente menos explorados. Esto ha propiciado que la racionalidad de los varones que ejercen violencia de género sea un tema poco explorado desde las ciencias sociales, a pesar de ser un asunto interpelado por diferentes discursos, mitos y saberes (Binik, 2020).

La criminología narrativa se ha enfocado en comprender la influencia de las historias en las acciones de los actores sociales (Presser y Sandberg, 2015). Esta perspectiva analítica parte de la premisa de que los relatos que los actores conocen y elaboran condicionan su acción; es decir, el relato crea la violencia (Maruna y Copes, 2012). De este modo, el análisis de las narrativas de quienes han ejercido daño es una puerta de entrada para comprender las condiciones que posibilitan esta acción (Presser, 2008). ¿Qué historias son utilizadas para dar sentido a una acción? ¿Con qué tipo de relatos nos presentamos como actores y justificamos nuestras acciones pasadas e intenciones futuras? ¿Cómo cambian los relatos y las prácticas discursivas e identitarias a través del tiempo?

Este capítulo se centra en los modos de hablar de la violencia. Para ello, se abreva de los estudios sociales focalizados en la comprensión del cambio en las estrategias para dar sentido y describir la acción social. Focalizarse en este aspecto permite conocer los modos cambiantes con los que se legitima una acción y los recursos con los que cuentan los actores, en diferentes momentos, en llevar a cabo esta acción (Tomsen y Gadd, 2019).

En este contexto, aquí se parte de la pregunta por los cambios en el discurso de varones que agredieron físicamente a sus parejas mujeres en el marco de dispositivos de abordaje de violencia de género en San Martín. ¿Existieron cambios en los modos de narrar la violencia durante el ASPO? ¿Sobre qué aspectos se estructuran estos relatos? Y, ¿qué implican las transformaciones en estos modos de narrar la violencia? Así, el objetivo de este capítulo es analizar el cambio en el discurso de varones con conductas violentas durante y después de la pandemia de COVID y las ASPO.2

En la siguiente sección se realiza una descripción de la estrategia metodológica, enfatizando las particularidades empíricas de contar con datos obtenidos durante y posteriormente al ASPO. En la tercera sección se analizan tres dimensiones emergentes de los relatos: la crudeza de los relatos, los elementos justificatorios del daño y las estrategias de neutralización de la violencia. Se comparan estos aspectos en el momento del aislamiento y luego del mismo, con la hipótesis de que los cambios contextuales impuestos por la pandemia, el ASPO y las transformaciones en las dinámicas sociales imprimieron condiciones diferentes para dotar de sentido a la violencia. Por último, en la conclusión del capítulo se abordan las implicancias empíricas y teóricas de las reconfiguraciones narrativas: se discute cómo las narrativas sirven de indicadores de los procesos sociales y cómo, en consecuencia, el ejercicio de la violencia es empleado como catalizador de las experiencias masculinas.

Metodología

El presente trabajo parte de un diseño narrativo, basado en los relatos de varones que ejercieron violencia física no-letal sus parejas mujeres y que se encontraban en dispositivos de abordaje de conductas violentas en el partido de San Martín.3 La estrategia metodológica se enmarca en el amplio paraguas del enfoque biográfico, en la intersección entre los estudios que reconstruyen culturas grupales y los que relevan marcas narrativas de los sujetos (Meccia, 2019).

Se realizaron entrevistas narrativas (Rosenthal, 2018) a varones cisgénero mayores de edad en dispositivos de abordaje de conductas violentas hacia parejas o exparejas. El enfoque inductivo de esta técnica está marcado por la posibilidad de seguir el discurso de los entrevistados sin utilizar un instrumento con ejes prefijados. Estas entrevistas se asientan sobre dos premisas (Alonso, 1995): primero, el yo relatado no es un yo racionalizado sobre la historia fáctica de vida, sino un yo narrativo; y, segundo, el relato construido accede a los discursos arquetípicos de los individuos.

El trabajo de campo se realizó en dos dispositivos para el abordaje de las conductas violentas en el partido de San Martín. Uno de estos espacios pertenecía exclusivamente a la administración pública y funcionaba, al mismo tiempo, como espacio para otros organismos municipales. El ingreso a estos espacios fue previamente acordado por sus directivos.

Aquí se analiza una muestra de 20 entrevistas narrativas que fueron realizadas a 16 varones cisgénero de entre 25 y 47 años. La edad media fue de 35 años. Del total de los entrevistados, tres tenían primario completo, once tenían secundario completo y dos tenían títulos universitarios.

Las entrevistas fueron grabadas digitalmente, y luego transcritas a su forma textual. Se realizó una codificación abierta temática (Braun y Clarke, 2006) en Atlas 7.5. Se utilizaron códigos descriptivos, por sobre analíticos, en la codificación del corpus. Para este capítulo, el análisis se focaliza en las descripciones de las situaciones de violencia. A su vez, se comparan las descripciones obtenidas durante y tras el ASPO.

El proyecto fue evaluado y aprobado por el Comité de Ética de la Universidad Nacional de La Matanza. Se utilizó un consentimiento informado en forma oral previo a la realización de entrevistas. Los/as directivos/as de los dispositivos no tuvieron acceso a los datos de este proyecto. A su vez, los casos fueron anonimizados y se utilizan los pseudónimos.

Resultados

Tres dimensiones emergieron al comparar los relatos de los entrevistados: a. la crudeza en la descripción de la violencia, b. los elementos justificatorios utilizados, y c. el tipo de neutralizaciones utilizadas.

La crudeza del relato: ¿recrudecimiento del daño?

¿Son iguales los modos en lo que se narra la violencia a lo largo del tiempo? ¿A partir de qué descripciones y detalles se da cuenta de la agresión? La viveza con la que los varones relataron la violencia y el daño son un primer eje de indagación que varía según el contexto. Siguiendo a Labov (1982), el detalle con el que se da cuenta de ciertas experiencias se relaciona con las estrategias de presentación de un evento: en los relatos no solo se hace alusión a una situación vivida, sino que se lo estiliza, moldea y resalta desde el aquí y el ahora (Mead, 1959). En este sentido, describir una experiencia pasada está moldeado con los discursos habilitados desde el presente.

Los relatos de violencia ocurrida durante el aislamiento tienen una característica saliente: crudeza en el lenguaje y, en particular, en la adjetivación de la agresión. Durante el ASPO, la violencia fue descrita en forma ostensible y directa; las referencias a los momentos concretos de daño y confrontación física fueron más recurrentes y se utilizaron menos elipsis para referirse a estos eventos.

Por ejemplo, Marcos fue detenido por lesiones graves a su exesposa. En su relato, los conflictos y confrontaciones comenzaron antes de la pandemia, a raíz de disputas familiares. La situación puntual de violencia física fue, en sus palabras, concentrada en un solo día. Su relato está marcado por la descripción de una experiencia de irascibilidad y estallido: la violencia fue extraordinaria (Di Marco y Evans, 2020).

M: Me saqué, ese día me saqué. Es que no daba más. Eran días y días y días de estar caliente, con la vena acá. Y paf. Estallé. Y le metí una trompada.
E: Le metiste una trompada.
M: Si, acá [señala mejilla con el dedo]. Es como que en el momento no podía hacer más que pensar en sacármelo de encima. En realidad, pensaba: ¿por qué me hace esto? ¿Por qué me complica tanto la vida? Qué ganas de joder. Y no entra en razón. Y sentía que la fuerza, esa descarga, era la única forma. Eso pensaba en ese momento. Y le emboqué una. Suena una locura, pero sentía unas ganas terribles en los puños de reventar una puerta, de sacarme la energía de adentro… Perdón, estoy sin filtro (Marcos, 37 años).

Marcos plantea que estaba “sin filtro”. El hecho de que un entrevistado destaque un elemento disruptivo en una interacción es destacable: a pesar de ello, en el contexto de la entrevista se ameritaba o estaba habilitado relatar la situación de este modo. La referencia a la falta de mediación y autocensura del lenguaje da cuenta de cómo tematiza el modo de narrar la violencia como inapropiado o, al menos, fuera de lo esperable. Como plantea Segato (2003), pedirle a una persona que cometió un delito violento que narre el crimen implica una ruptura simbólica a un límite subjetivo central. En este sentido, el lenguaje utilizado en las entrevistas contiene pistas de los modos cambiantes de significar la violencia (Hearn, 1998), que se ponen en juego en diferentes contextos.

Javier describió dos situaciones consecutivas: una pelea con un colega de trabajo y, posteriormente, una agresión a su novia.

Como me tenía harto, nos agarramos. Era la única forma de solucionar el tema y yo estaba ya hinchado las pelotas y lo resolvimos de esa forma. Porque lo resolvimos, pero así. [...]. Y cuando llegué no tenía ganas de que me jodan. Entonces ella me vio con la remera rota, con un moretón y me empezó a joder, a preguntar. Y ahí es cuando me hinché los huevos, la agarré del cuello contra la pared [...]. Pero fue solo agarrarla del cuello, ¿me entendés? No es que le pegué o no sé, algo grave. Fue solo sujetarla y contra la pared. Ella reaccionó así (Javier, 25 años).

La descripción de Javier tiene tres elementos salientes. Primero, ilustra cómo en algunos casos la violencia de género se ata, en la lógica de los perpetradores, con conflictos de otras esferas vitales (laboral, político, familiar). Así, la “descarga emocional” aparece como una acción lógica y explicativa. Segundo, el fragmento muestra la tendencia a la descripción explícita del daño (“nos agarramos”, “agarré del cuello”, “sujetarla”): el daño es mencionado explícitamente, evitando utilizar dribles (Segato, 2003) o metonimias narrativas (Di Marco, 2022). Tercero, el daño es desjerarquizado. Presentar una acción como irrelevante, diferenciar la intención de la consecuencia “imprevista”, y localizar el problema en quien denuncia la agresión es una estrategia usual de gestión del estigma: el problema es el otro.

En el período posterior al ASPO, los relatos adquieren otra topografía. En contraste con descripciones vívidas y "sin filtro" aquí las descripciones son evasivas. Las referencias indirectas y los tropos para referirse a la violencia son más comunes. Esto concuerda con una tendencia identificada en otros contextos a evitar el lenguaje directo del daño (Di Marco, 2022; Presser, 2003; Hearn, 1998): la violencia es rara vez descripta en forma explícita cuando existen etiquetas estigmatizantes sobre quienes la ejercen. “Lo que ocurrió”, “ese día” y “la violencia” son algunos modos con los que se describió la agresión física en el contexto de las entrevistas. David, por ejemplo, organiza su explicación en torno a su carácter temperamental.

Yo soy un tipo muy temperamental y siempre lo fui. Acá recién empecé a venir y todavía no me entienden mucho. Es mi forma de ser [...]. Y ese día me fui de boca y de mambo. Pero no es que soy un tipo violento. [...]. Los conflictos que tuvimos estuvieron, estuvieron mal. Tendríamos que haber encontrado otra vuelta (David, 27 años).

Las elipsis (“irme de boca y de mambo”, “el conflicto”) evitan la mención directa de la acción y, asimismo, suavizan las descripciones. En contraste con Marcos, que provee una descripción gráfica, manifiesto y expresivo de la interacción, aquí se desdibuja lo concreto y beligerante del acto.

A su vez, David presenta un relato estable (Presser, 2008): la violencia es descrita como un evento extraordinario y desvinculado de la “naturaleza” del protagonista. Como ha señalado repetidamente la literatura sobre violencia de género (Di Marco, Fernández, y Talarico, 2022; Dobash y Dobash, 2015), presentarse como víctima de un episodio fuera de lo ordinario es una estrategia usual para desligarse de la responsabilidad de la agresión.

Jorge asistía hacía un año a un dispositivo cuando fue entrevistado. A diferencia del relato de David, su explicación se focalizó en su crianza y el vínculo con su padre.

La cagué. La cagué, no te voy a mentir. Y ahora estoy viendo como enderezarse un poco [...]. Durante esos meses, yo estuve muy consumido con otros asuntos y me dejaba llevar por otros problemas familiares que no, no son excusa. Pero por eso te digo que todo lleva a cuando era pibe, porque mi viejo era igual y yo no salí muy diferente. Se ve que hay algo ahí de cómo me crie que me marcó (David, 39 años).

David no aportó descripciones específicas de las situaciones de violencia física. Sus relatos se focalizaron en los momentos previos al conflicto y, principalmente, en su infancia. La crianza, el vínculo con su padre, la violencia percibida de niño y las prácticas performática de masculinidad fueron los principales ejes a los que volvía reiteradamente en sus relatos. Desde una lectura narrativa, este foco en su crianza puede interpretarse no tanto desde una lógica de socialización (i.e., cómo el tipo de crianza que tuvo generó las condiciones para que él ejerza violencia), sino como una explicación tipificada de la violencia. En este sentido, David aporta este relato para racionalizar la violencia ejercida.

En formas similares, Pedro, Damián y Hugo hablaron de “el momento”, “las peleas”, “los problemas en la pareja” y “lo que me trajo acá” sin hacer referencia explícita. El momento del daño y la agresión no son retratados en sus descripciones.

Durante el contexto del ASPO, la descripción y explicitación del daño fue mayor, más gráfico y directo. Esto no solo muestra una divergencia con tendencias predominantes indicadas en la literatura de violencia de género –quienes ejercen daño omiten la referencia explícita a su acción–, sino que marca una diferencia con el período posterior al aislamiento. Utilizar elipsis, referencias indirectas o, en la mayoría de los casos, omitir las experiencias de agresión fueron más corrientes aquí.

La diferencia en el modo de narrar puede interpretarse en una clave dual. Por un lado, contar historias y describir anécdotas implica parcialmente una gratificación narrativa (Jackson-Jacobs 2004): una forma de posicionarse en el marco de una conversación. Aunque los entrevistados no se hayan visto forzados a contar estos aspectos y no sean orientados a relatar estos aspectos de sus relaciones en los mismos dispositivos, la vividez de la descripción estuvo presente. Por otro lado, esta diferencia se puede pensar a partir de los discursos que están habilitados para narrar el daño y el sufrir. ¿Qué discursos son hegemónicos para contar estas historias? ¿Qué modos de relatar imperan en diferentes coyunturas sociales? El hecho de que durante el ASPO se encontrara un lenguaje diferente para tematizar y dar sentido a la agresión permite hipotetizar que los actores fueron interpelados por nuevos discursos sobre la violencia.

Esta primera dimensión de análisis da cuenta de un cambio narrativo en la descripción de un evento. Varió cómo hablar del daño. Esto lleva a plantear un interrogante basal en torno a la violencia de género: ¿cambió el ejercicio de la violencia, la forma de experimentarla y reconstruirla, o la forma de narrarla?

Elementos justificatorios: ¿hacia una contextualización excusatoria?

¿A partir de qué elementos se justifican las agresiones? ¿Existen cambios en los aspectos que son enfatizados por los varones? La dimensión justificatoria de los relatos –es decir en donde se acepta llevar a cabo la acción, pero se la presenta como moralmente apropiada (Rodríguez, 2020)– muestra el conjunto de elementos simbólicos que, en la presentación del yo, son presentados cómo válidos. Es decir, qué situaciones y acciones son esgrimidas como legítimas para dar sentido a la agresión. En otras palabras, ¿cómo se vuelve comunicativo el daño?

Al analizar las entrevistas en forma global, seis temas fueron mencionados para justificar o dar sentido a la agresión: 1. la relación de pareja, 2. alguna característica o acción de la mujer, 3. el propio yo (“temperamento”, “personalidad”, etc.), 4. situaciones laborales, 5. consumo problemático de sustancias, y 6. eventos contextuales disruptivos (crisis económica, inestabilidad política, etc.). Estos temas no son mutuamente excluyentes en las narrativas, sino que son grandes ejes rectores con los que se organizan las explicaciones. En el sentido interaccionista, estos temas son motivos “porque” tipificados (Schutz, 2008) y utilizados para racionalizar sus acciones.

Si bien estos temas organizaron los relatos, durante los períodos comparados el peso atribuido a cada uno de ellos varió. Mientras que durante el período posterior al aislamiento los varones enfatizaron elementos individuales y relacionales (la pareja, la víctima/sobreviviente, el consumo de sustancias), durante el ASPO resaltaron elementos contextuales (situaciones laborales, eventos disruptivos).

Las entrevistas realizadas durante el ASPO estuvieron marcadas por dos aspectos: primero, una recurrente referencia al entorno y, segundo, un mayor peso puesto a elementos que se desprendían de procesos económicos-laborales. Así, las condiciones habitacionales, las dificultades para poder desempeñar tareas laborales, y la coyuntura económica atravesada por el país estuvieron presentes en las entrevistas. Marcos ilustra el peso discursivo de lo contextual al referirse a la “jaula”.

La verdad que fue un tiempo muy complicado para mí. Estaba muy enojado, muy encerrado. Y creo que me pasó lo que les pasó a muchas personas, que estallaban en diferentes formas. [...]. Estar encerrado en una jaula, 24 horas, durante varios meses fue una odisea. [...]. Además, ella no ayudaba. Suena mal, pero es la verdad. Ella tiene sus cosas. [...]. Fue un combo explosivo, lo que estaba pasando en el mundo, el encierro total, más las cosas típicas de una pareja (Marcos, 37 años).

La explicación de Marcos versa en torno a dos ejes: el “encierro” y la relación de pareja. El vínculo con su pareja es una parte central de la justificación, en la medida en que es parte de su racionalización y culpabilización de la víctima: “ella no ayudaba”. A su vez, el contexto tiene un rol protagónico para comprender la intersección entre esta neutralización –“ella tiene sus cosas”– y la contextualización del evento –“estar encerrado en una jaula”. La explicación que da sobre la situación de la violencia se construye entre ambos ejes, uno individualizador y culpabilizador de la acción, y otro contextualizador de la situación. A su vez, el hecho de que presente su situación en un contexto más general (haciendo referencias a un “otros” colectivo que atraviesa lo mismo) vuelve a enfatizar que las medidas de aislamiento son percibidas como un tema legítimo para explicar su malestar.

Javier se focalizó en la pérdida de trabajo, en el contexto de la pandemia, para explicar su experiencia.

Estar sin laburo es terrible. A mí me cortó las piernas estar sin laburar en un momento en el que todo se estaba yendo a la mierda. No sabía bien qué hacer y no se podía hacer mucho. Creo que, para muchos, era entendible los nervios que teníamos (Javier, 25 años).

Tanto Javier como Marcos utilizan elementos de la relación y del contexto para racionalizar la violencia. En otras entrevistas, el “clima social” y los “movimientos feministas”, por ejemplo, fueron elementos discursivos que se usaron para explicar la agresión. En este sentido, el marco sociopolítico en el que se desarrolló la violencia puede ser comprendido como condicionante de la acción o, paralelamente, como un repertorio de situaciones útiles para justificar la violencia.

Como se ha advertido previamente (Di Marco y Evans, 2020), quienes ejercen violencia de género suelen acudir a elementos contextuales para excusarse de la violencia. Ser víctima del sistema, del mercado laboral, de la posición social, entre otros elementos, pueden emplearse como explicaciones tipificadas. Éstas son fórmulas aceptadas y legítimas para comunicar la agresión (Tilly, 2006).

Por el contrario, en el período posterior al ASPO los temas recurrentes en las entrevistas fueron individualizantes. Para Hugo, quien agredió físicamente a su novia, la sensación de falta de control sobre las decisiones de su pareja fue el estresor central que desencadenó la acción hostil.

Nosotros habíamos hablado de tener hijos. Y ella me decía que no estaba segura, pero es lo que suele pasar que, uno no está seguro, pero cuando llega, llega. Y nada, llegó. Quedó embarazada, y cuando me lo dijo yo re feliz. Pero ella seguía con dudas [...]. Llegó a la tardecita y me dijo que se había hecho un aborto. Imagínate. [...]. Porque ahora todos están con que el aborto el legal, pero nadie piensa en los varones, en nuestra decisión. Yo quería tener un hijo, sigo queriendo. Pero como es el cuerpo de ellas [gesticula comillas invertidas], nadie puede opinar. [...]. Ella decidió egoístamente abortar, y no era una decisión solo de ella, ¿me entendés? Eso no justifica lo que hice, pero fue lo que me pasó en ese momento (Hugo, 27 años).

El relato de Hugo pone en primera plana la relevancia del control de las mujeres, su cuerpo y la disputa por la autonomía (Segato, 2016). Además, la explicación presentada –incluso tras un año en un dispositivo de atención para varones– gira en torno al “derecho agraviado” en tanto varón (Kimmel, 2019) y la proclama de control sobre el cuerpo femenino. Tercero, las referencias a un otro generalizado y procesos macrosociales (“todos están con que el aborto el legal, pero nadie piensa en los varones”) dan cuenta de cómo la violencia se vincula con cambios societales (legalización del aborto, movimientos feministas) y no solo con la díada de las parejas.

En esta sección se exploraron los elementos que utilizan los varones para explicar la violencia. El repertorio que cuentan los actores para dar sentido a una acción está delimitado por la posición social que ocupan, así como la oferta discursiva. La comparación de relatos durante y tras el ASPO muestra un cambio en estos recursos: durante las medidas de aislamiento, el contexto y el espacio se volvieron referencias usuales para explicar su acción. En las entrevistas, acción y contexto se tornan inseparables.

A su vez, la contextualización del daño es presentado como estrategia de neutralización: las penurias del aislamiento justifican la acción. Presentar la acción como “justa” (righteous) (Katz, 1988) ha sido un tema central en investigaciones sociológicas sobre daño y violencia: la experiencia momentánea de que un curso de acción está fundamentado en una base moral adecuada es central y estructurante. En estas entrevistas, la violencia no fue descrita necesariamente como justa, pero si como lógica, comprensible y, para algunos, justificable. Los entrevistados dan por sentado la obviedad del argumento: el contexto explica la acción.

Neutralizaciones: de víctimas a condenados

Una tercera y última dimensión se vincula con las técnicas de neutralización utilizadas por los varones. Las estrategias utilizadas para racionalizar o justificar un acto criminal han sido un eje privilegiado para comprender los discursos que legitiman una acción violenta (Maruna y Copes, 2012). Dentro de las cinco técnicas identificadas originalmente (negación de la responsabilidad; negación del daño; negación de la víctima; condenación de los condenadores; apelación a lealtades mayores) (Sykes y Matza, 1957), poco se ha explorado su uso en varones que ejercieron violencia de género.

¿Ha variado el uso de las diferentes técnicas a lo largo del período 2020-2022 en Argentina? ¿Qué implicaría esta variación? El patrón general de uso de técnicas de neutralización se mantuvo estable en ambos períodos: la negación de la responsabilidad, del daño y la víctima fueron las principales formas de desligarse de la responsabilidad. Este patrón no está fundado exclusivamente en las biografías de los varones entrevistados, sino en la hegemonía de ciertos discursos machistas que orientan las miradas sobre las mujeres y la violencia (Hawley, 2020; Mathews, Jewkes, y Abrahams, 2015).

A pesar de esta regularidad, durante el ASPO también se encontraron dos estrategias de neutralización poco frecuentes en otros momentos y contextos (Di Marco, Jiménez Ribera, y Rodríguez, 2022): la condena de los condenadores y la apelación a lealtades mayores. Javier ilustra el uso de la condena a los condenadores al emplear esta estrategia en relación con el “avance del feminismo”.

Yo no sé qué pensás vos, pero el feminismo está haciendo destrozos. Es avance militar, es avance ridículo, de cosas que no tienen sentido. Y es una maniobra política [...]. Esto va de la mano de buscar chivos expiatorios, buscar palabras complicadas para cosas que no tienen nada que ver. [...]. Una cosa es que a uno se le haya pasado la mano, porque yo tengo más fuerza que una mina y ahí hay malentendidos, y otra cosa es que yo sea un machista patriarcal… (Javier, 25 años).

En el fragmento de entrevista se destacan tres aspectos. Primero, Javier contextualiza su derivación a un dispositivo de abordaje a partir de una referencia al contexto “feminista”. Así, el foco recae en la coyuntura institucional y no en la acción llevada a cabo. Segundo, en la misma maniobra con la que desjerarquiza la acción (“pasado la mano”), desdibuja su responsabilidad en un proceso político estructural. Tercero, el verbatim ilustra cómo –principalmente durante las etapas iniciales en los dispositivos– se disputan ciertos términos. “Feminismo”, “patriarcado”, “machismo” y, principalmente, “violencia” son categorías en disputa que se intentan negociar en las entrevistas. Se vuelven términos en conflicto, con los que se pretende gestionar el estigma y la presentación del yo (Presser, 2005). En este sentido, la violencia es una etiqueta que está necesariamente negociada entre quien la ejerce, la víctima y el observador (Riches 1986). En la entrevista con Javier, este sentido se puso en debate.

A su vez, se destacan dos sutilezas del lenguaje en la cita de la entrevista. Por un lado, Javier plantea que “a uno se le vaya la mano”. Al plantear la acción en términos impersonales, se corre del centro del relato y lleva el foco de la conversación a un plano de neutralidad. Esto fue una estrategia común en entrevistados con un mayor recorrido institucional y, principalmente, con mayores credenciales educativas. Por otro lado, y en forma vinculada con los puntos anteriores, Javier “trae” al entrevistador al relato al preguntar directamente qué cree en torno al tema discutido. Así, explicita que el punto en cuestión es un tema en debate.

Dario, por el contrario, vira entre responsabilizar a su pareja, apelar a lealtades mayores y condenar a los condenadores. Su argumento se centra en los derechos de los no nacidos.

No tenía ningún derecho a hacer lo que hizo (abortar). Hay algo que es más importante que ella, que yo, que la relación, y es una vida humana. Entonces, hay algo de la justicia que no funciona, porque la más perjudicada no fue ella al final (Hugo, 27 años).

El relato da cuenta de cómo se entrecruzan las diferentes técnicas de neutralización para construir explicaciones sobre la violencia en el contexto de las entrevistas (Presser, 2003). Además, en contraste con otras explicaciones –en las cuales la mujer agredida se torna el único foco explicativo del relato–, en este caso la víctima pierde centralidad narrativa. La justicia, el aborto y la moralidad son los elementos que Hugo utiliza para enmarcar su presentación del yo.

En contraste, en el período posterior al ASPO, las neutralizaciones se focalizaron de forma más recurrente en las mujeres. Oscar, por ejemplo, racionaliza la violencia negando su responsabilidad a partir de un relato de estabilidad (Presser, 2008).

La pasé muy mal. Y los chicos también. Por eso tanto enojo con ella. Las veces que tuve problemas, fueron estallidos de odio, de sacado. Ni me reconocía. No era yo, era un tipo absorbido por la bronca de que lo ignoren y no… le sean frontal [...]. Si ella me hubiese encarado y me decía: che, no quiero más esto. Che, no quiero ser más tu mujer o una mujer en general. Eso cambiaba todo. Pero ella eligió ese camino, cerrarse, no ser honesta. Y eso perjudicó mucho la relación. Mis amigos le decían la tóxica, y bueno, era por algo. Muy tóxico terminó todo (Oscar, 32 años).

El verbatim de la entrevista da cuenta de algunos elementos comunes en las explicaciones. Primero, la forma de racionalizar la relación se centra en las acciones y omisiones de su pareja. Siguiendo la tendencia marcada en gran parte de la literatura sobre violencia hacia las mujeres (Hearn, 1998), la culpabilización de la víctima es la principal estrategia de neutralización con la que se lleva a cabo la agresión y, a la vez, es la forma de dotar de sentido posteriormente el evento. Segundo, el uso del propio estado emocional –“tanto enojo con ella”, “problemas”, “estallidos de odio”– como referencia excusatoria fue un modo común de explicar el daño. En la lógica de presentación de los entrevistados, la experiencia de descontrol es nodal para gestionar el estigma de ejercer violencia.

La dimensión analizada en este apartado lleva a plantear algunas hipótesis emergentes. Primero, el cambio en el perfil de neutralizaciones durante el ASPO contrasta con una tendencia a que la condenación de los condenadores y la apelación a lealtades mayores sean técnicas de neutralización poco usadas en esta clase de relatos (Hawley, 2020; Malone y Smith, 2021). El hecho de que cobren relevancia en un período en el que los varones utilizaron narrativamente más al contexto permite plantear un recrudecimiento frente a cambios sociales. En parte, y de acuerdo con el contenido de los relatos, esto se relaciona con los procesos vinculados con las medidas para enfrentar el COVID, pero también con los cambios políticos estructurales en materia de género.

Segundo, una lectura contextualizada y narrativa de las técnicas de neutralización llevaría a comprender el peso simbólico que implica utilizarlas diferencialmente. Como plantean Maruna y Copes (2004), se las puede interpretar no en un sentido de etiología individual (como fundamento de una violencia o un delito), sino como el sustrato un proceso de desistencia o resistencia (como sentido legitimado para llevar a cabo una acción). Las neutralizaciones son formas de racionalizar una acción pasada y, a su vez, de legitimarla o dotarla de sentido. Los diferentes relatos muestran, en algunos casos, una defensa de la acción y, en otros, un intento de excusarlas a partir de libretos “lógicos”.

Discusión y conclusiones: sobre llovido, mojado

¿Qué indican los cambios en los modos de narrar la violencia? ¿Cómo puede interpretarse el lenguaje con el que se racionaliza y comunica el daño y la agresión? Lejos de procurar abonar a una pornografía de la violencia, este capítulo propone analizar las palabras de los varones agresores como indicadores de cambios sociales y, de este modo, identificar las condiciones de posibilidad de la violencia de género y de sus transformaciones.

Este capítulo se focalizó en tres dimensiones: la descripción de la agresión, los temas para racionalizarla y las técnicas de neutralización utilizadas. Estos tres ejes dan cuenta de que a lo largo del período 2020-2022 los sentidos y, en menor medida, las historias puestas en juego cambiaron. Si se toma en cuenta que las denuncias por violencia de género aumentaron tanto a nivel nacional (Noticias ONU, 2020) como en otros contextos geográficos (Wake y Kandula, 2022; Mittal y Singh, 2020), los datos explorados aquí permiten postular la hipótesis de que este aumento en el registro estadístico está sustentando –al menos parcialmente– en los sentidos atribuidos y las emociones experimentadas por los varones. A pesar de que los datos se refieren a una muestra cualitativa en San Martín, esta hipótesis podría tener un alcance mayor. Como han planteado Presser y Sandberg (2015), el vínculo entre experiencia, intención, narrativa y contexto es problemático: el relato varía según la circunstancia de la enunciación. Aquí no se espera despejar la relación entre estos términos, sino destacar las transformaciones que se encontraron en la enunciación. La pandemia vino de la mano con un incremento de la violencia y un recrudecimiento de sus relatos.

Los ejes comparados contienen tres elementos en común. Por un lado, el control sobre las mujeres fue un tema transversal. Esto es un tópico ya ampliamente reportado por la literatura (Segato, 2016; Dobash y Dobash, 2015). El control sobre el cuerpo, la posición social y los vínculos que tienen, entre otros aspectos, fueron patrones omnipresentes en las entrevistas. Por otro lado, la tensión entre el contexto y las relaciones personales/íntimas fue un aspecto saliente. La comparación entre los datos durante el ASPO y posteriores al aislamiento dan cuenta de cómo las tensiones, malestares y enojos frente a situaciones contextuales fueron trasladadas a los vínculos sexoafectivos. Lo laboral, económico y residencial, por ejemplo, son malestares vinculados simbólicamente con la pareja. Por último, en forma vinculada con lo anterior, la legitimidad de la acción fue un elemento subrayado en las entrevistas. Justificar y excusar un daño fue común durante el ASPO, en los cuales el repertorio de situaciones coyunturales fue “traído” a la escena de la entrevista. La habilitación para racionalizar (y hasta defender) la agresión a partir de estos elementos es un aspecto destacable. A su vez, esto se vinculó con un hallazgo atípico: los varones hablaron explícitamente, sus descripciones fueron gráficas, evitaron las elipsis que, en otros contextos (Segato, 2003), son la hegemonía.

¿Cómo se pueden interpretar los cambios en los modos de narrar? ¿Qué tipo de indicador es el cambio en el discursivo? Como se han planteado desde los estudios narrativos (Labov, 1982; Rosenthal, 2018), los modos de relatar experiencias pasadas, de organizar y estilizar los eventos, son modos tipificados y socialmente disponibles de dotar de sentido la acción. Esto responde a los discursos prevalentes en cada coyuntura histórica. A su vez, siguiendo a Arendt (1970), la violencia puede ser interpretada como una reacción cuando el poder es amenazado. Esta ha sido una forma de conceptualizar la violencia de género (Presser, 2013). Desde esta perspectiva, se puede pensar la violencia (en tanto acción colectiva que marca un patrón sistemático) como un indicador social del intento por mantener un determinado entramado de relaciones sociales. Kimmel (2019), por ejemplo, señala que la violencia es una práctica restaurativa ante un proceso de cambio sociopolítico en torno a las relaciones de género. El exacerbamiento de la violencia podría ser el resultado de estos cambios (expresados en el femicidio, el movimiento backlash, el Ni Uno Menos, etc.).

No obstante, los relatos aquí analizados muestran, a su vez, otro patrón. La violencia es ejercida, como recurso restaurativo de un vínculo, cuando el contexto es visto como abrumador y lleno de malestares. La violencia de género se reforzó como recurso de “descarga” emocional. Las presiones laborales, económicas, familiares y habitacionales fueron elementos legítimos, desde la perspectiva de los entrevistados, para explicar sus acciones. A su vez, algunos entrevistados disputaron el mismo sentido de la violencia, el estrés, la autonomía y la pareja en el contexto de las entrevistas, mostrando los márgenes de agencia para disputar sentidos estigmatizados (Presser, 2005). En este sentido, la pandemia y las políticas de aislamiento social pueden servir como escenario para entender el vínculo entre aspectos contextuales y esta forma de violencia.

Este capítulo parte de la convicción de que comprender los relatos, las historias y las justificaciones de quienes ejercieron alguna forma de daño es un paso necesario para entender el fenómeno de la violencia y, asimismo, poder prevenirla. El hecho de contar con datos primarios de varones que agredieron es una situación poco usual y fructífera analíticamente. A su vez, la rareza de contar con datos que permiten comparar el período de ASPO y momentos posteriores sirve para interrogarse por como los procesos macrosociales moldean el ejercicio interpersonal de la violencia. A su vez, como plantea Flood (2019), analizar el nexo entre masculinidades y contextos orienta a identificar e intervenir los discursos hegemónicos que sirven de fundamento a la violencia hacia las mujeres.

A continuación, se destacan algunas limitaciones que son necesarias de explicitar para futuras indagaciones. Primero, en este capítulo no se indagaron empíricamente los diferentes contextos discursivos de los varones: entre ellos, los tipos de instituciones y, principalmente, la trayectoria institucional dentro de los centros. No obstante, el hecho de que estos relatos fueron producidos con varones en diferentes momentos de sus procesos terapéuticos (desde etapas iniciales hasta procesos más acabados) y en diferentes tipos de instituciones (religiosas y laicas, públicas y privadas) permitiría hipotetizar una cierta heterogeneidad en los relatos. Segundo, el hecho de que todos los entrevistados hayan sido judicializados y derivados a dispositivos implica un recorte de la población que efectivamente ejerce violencia.

Los datos analizados en este capítulo llevan a otros interrogantes. Entre ellos, resta indagar la distribución social de la violencia de género: ¿cómo se diferencian los relatos en diferentes sectores sociales? ¿Son diferentes las narrativas que se emplean y que son el fundamento de su acción? El hecho de que la mayor parte de la literatura sobre violencia se focalice en sectores populares implica un sesgo sistemático en la teoría que se construye en torno a este tema. A su vez, en el contexto de la pandemia quedaron evidenciadas las disparidades socioeconómicas de la población y los recursos diferenciales para afrontarla. Así, cabe preguntarse por los diferentes recorridos institucionales de varones agresores durante este contexto. ¿Fueron diferentes según sector social? ¿Cómo fueron los vínculos con los dispositivos de abordaje?

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1. Este tema es tratado por Romina Rajoy en este mismo volumen.

2. Una versión preliminar de este capítulo se presentó en la conferencia anual de Latin American Studies: In time of political mistrust and global pandemic en marzo de 2022. Agradezco la atenta lectura de Liliana Carrasco y sus comentarios.

3. Este artículo se enmarca en el proyecto “Narrativas biográficas de varones que ejercieron violencia física hacia mujeres en el Área Metropolitana de Buenos Aires” (CyTMA 2021; UNLaM), dirigido por el autor de este capítulo.